Von Thomas Koch
El pequeño monstruo del que quiero hablar solo se alimenta de presas vivas. Además, irrumpe sin permiso en las viviendas humanas y se instala allí. Mi dormitorio ha sido, sencillamente, ocupado.
El intruso es un gecko. Y como solo mide tres centímetros, lo he bautizado como „Geckolinchen“. Durante el día, mi gecko vive encima o detrás de mi armario; por la noche es cuando llega la hora de la caza.
Es interesante observar cómo un gecko se acerca sigilosamente a su presa. Y da totalmente igual si se acerca sigilosamente por la pared o por el techo de la habitación. En un abrir y cerrar de ojos avanza unos centímetros hacia su presa, luego se queda inmóvil y, al cabo de un rato, vuelve a avanzar unos centímetros más.
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Y así sucesivamente. Hasta que, en algún momento, el gecko se ha acercado tanto a su presa sin que esta se haya dado cuenta, que se la lleva de un „mordisco“.
Desde que „Gekolinchen“ es mi compañero de piso, no he vuelto a ver ni una sola mosca en mi dormitorio. Y, sobre todo, ya no hay mosquitos.
A altas horas de la noche, mi gecko también sale a cazar por el suelo. Es un fastidio, ya que estuve a punto de pisarlo. Pero a las hormigas les resulta aún más molesto. Y es que ya no me queda ni una sola en el dormitorio.
Mi llamamiento es el siguiente: si tienen la suerte de acoger a un gecko como inquilino, no reaccionen diciendo „¡puaj, un reptil!“. Dejen al animalito en paz. Nunca encontrarán un controlador de plagas mejor y más libre de productos químicos.











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