Von Kay Uplegger
Quejarse del incumplimiento de las normas básicas de comportamiento se ha convertido ya en una especie de deporte popular. El mal comportamiento no es una costumbre exclusivamente turística.
Sí, a mí también me molesta que haya personas que, al carecer por completo de conciencia sobre su propio aspecto, obliguen a los demás a ver su torso desnudo en espacios públicos. O que hablen por teléfono en un restaurante, a ser posible con el altavoz activado. O que tiren sus residuos sin cuidado a la calle o a la acera. O esto, o aquello, o lo otro. La lista podría prolongarse indefinidamente.
Incluso los lugareños están perdiendo el sentido de la consideración y el respeto
Sin embargo, atribuir estos comportamientos molestos únicamente al turismo quizá no sea el enfoque adecuado y, sin duda, se queda corto. ¿No debemos admitir que (dejando a un lado los torsos desnudos) también experimentamos situaciones similares en nuestras latitudes septentrionales?
No solo los turistas, sino también, en cierta medida, los propios habitantes locales han olvidado las normas de respeto y consideración mutuos que siguen vigentes. O, lo que es peor aún: nunca las han aprendido.
Quizá deberíamos centrarnos más en ello, en lugar de criticarnos constantemente unos a otros.
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