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miércoles, 19. agosto 2026

Denunció a un vagabundo en Santa Cruz y acabó detenido por Interpol

Un lector recuerda el sur de Tenerife cuando entre Adeje y Los Gigantes solo había plátanos, tomates y unas pocas casas. Allí se instaló Harry, hasta que un agente joven lo reconoció en una vieja foto de búsqueda.

Von Marlis Zoschke

Era la época en la que el sur de Tenerife podía calificarse de „tercer mundo“. A casi nadie se le ocurría pasar aquí las vacaciones. Desde Adeje hasta Los Gigantes no había prácticamente nada, salvo plátanos, tomates y algunas casas sencillas.

Al parecer, ya en aquella época algunas mentes brillantes se habían dado cuenta de que allí se podía desarrollar el turismo. Cerca del Atlántico había suficientes campos desnudos y los muros, destinados a proteger del viento, simplemente estaban ahí. En su momento se habían construido para proteger los plataneros.

Era un placer pasear por esos senderos accidentados. A menudo, junto a los áridos caminos, se veían plantas de tomate arrancadas. Quien tuviera suerte podía recoger y comerse los tomates pequeños, que hoy en día son muy caros. Porque en aquella época nadie los quería.



El Barranco del Infierno de Tenerife

Sin embargo, Adeje cuenta con una experiencia natural única: el Barranco del Infierno. En aquella época, no obstante, era una actividad reservada a excursionistas experimentados y a personas valientes que no sufrieran de vértigo. Y es que, por un lado, había un descenso empinado y, por el otro, a menudo se interponían las rocas, a las que era mejor agarrarse. Los senderos eran estrechos.

En este paraje desolado, un joven había encontrado su hogar. Lo conocimos en uno de nuestros „restaurantes„. Era amable y daba la sensación de que, cada vez que veía a alguien que pudiera ser nuevo, se marchaba rápidamente.

En sus siguientes vacaciones vino acompañado de una señora mayor que se había comprado una casa en la Playa de la Arena. Pensamos que Harry -así se llamaba el joven- trabajaba ahora como conserje.

El término „estafador matrimonial“ no entraba en cuenta, ya que la diferencia de edad era demasiado grande. Quizá buscaba ayuda económica, pues quería abrir una consulta como técnico dental.

La atenta policía de Tenerife

Harry ya hablaba bastante bien español, por lo que sus responsabilidades no dejaban de ampliarse. Un día se desplazó a Santa Cruz y aparcó el coche según las normas. Sin embargo, se olvidó de cerrar con llave aquella joya. Cuando regresó, un vagabundo dormía plácidamente en su interior. Después de que Harry lo despertara, este se negó a salir del vehículo.

Harry acudió a la policía enfadado. Sin embargo, en aquella isla, que por entonces aún era un lugar de ensueño, había agentes atentos. Un joven agente reconoció a Harry de inmediato gracias a una foto de búsqueda que ya llevaba varios años circulando. Nuestra Interpol buscaba a nuestro Harry. Nunca llegamos a saber qué había hecho. Pero Harry desapareció entonces de la escena.

Al parecer, unos años más tarde ya había cumplido su condena. Y es que Harry había vuelto. Por supuesto, acompañado de su esposa.

Nuestra colaboradora Marlis Zoschke escribe periódicamente sobre sus experiencias a lo largo de varias décadas en las Islas Canarias. Aquí encontrará más artículos suyos.

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