Von Sandra Burkhardt
Por Sandra Burkhardt
Hace unos años creí haber encontrado una ganga. Un alojamiento vacacional privado en buenas condiciones, transferí rápidamente el anticipo y, de repente, la decepción: me habían estafado. No existía ningún inmueble, ni nadie detrás de todo aquello; al final, solo quedó la decepción.
Sin embargo, mi caso no es más que la punta del iceberg de un problema mucho mayor. El precio de la vivienda en las Canarias alcanza cotas inalcanzables para un número cada vez mayor de personas, ya se trate de residentes locales, de personas que regresan a su lugar de origen o de expatriados que desean establecer aquí su vida de forma permanente.
En el sur, la situación concreta es la siguiente: por un piso de una habitación de entre 30 y 40 metros cuadrados se piden ahora entre 950 y 1200 euros al mes. Al cambio, esto supone pagar hasta 40 euros por metro cuadrado.
Canarias: los precios inmobiliarios no dejan de subir
Quien se mude a un complejo residencial nuevo que ofrezca de una a dos habitaciones, con un equipamiento sencillo y sin ningún tipo de comodidades, deberá contar con 1.800 euros o más. Hace tan solo unos años, se podía adquirir un sencillo piso antiguo de dos habitaciones por unos 165 000 euros. En la actualidad, los precios parten de los 265 000 euros y, una vez reformado, no es raro que oscilen entre 400 000 y 450 000 euros.
En el caso de las viviendas unifamiliares, la situación apenas es mejor. Hace dos años, una vivienda adosada o una casa más pequeña cambiaba de propietario por entre 450.000 y 590.000 euros; hoy en día, se piden más de 1.000.000 de euros por ellas, si es que se encuentra algo en el mercado.
Aún más grave es el estado constructivo en el que se encuentran muchos de estos inmuebles. Los edificios antiguos cuentan con instalaciones y tuberías obsoletas, carecen de aislamiento y de ventilación. En algunos lugares se suman el moho, los metales pesados en los antiguos sistemas de tuberías o el amianto en la estructura, todos ellos riesgos de los que casi nadie habla.
En las construcciones nuevas, por su parte, se está extendiendo una tendencia cuestionable: las sencillas paredes de bloques huecos o las estructuras de OSB se revisten de forma elaborada y luego se ofrecen como „inmuebles de lujo“ por más de 2 millones de euros. Detrás de las fachadas acristaladas y los azulejos de diseño, a menudo no hay mucho más que la calidad de una obra en bruto.
A la explosión de los precios se contrapone un salario mínimo que, en Canarias, ronda los 1323 euros brutos al mes (datos de 2025). Tras las deducciones, a menudo no quedan ni siquiera 1100 euros netos, mientras que los alquileres, en muchos casos, superan con creces esa cifra.
¿Qué queda entonces? ¿Calidad de vida, ahorros, un futuro? El Gobierno habla de una reorientación del turismo y apuesta por los jubilados y los turistas médicos. Sin embargo, al mismo tiempo, cada vez más personas pierden la perspectiva de tener un hogar; algunas llevan tiempo viviendo en el coche, alojándose en casa de conocidos o en ruinas abandonadas.
Viviendas asequibles para las Islas Canarias
La calidad de vida también se está deteriorando en otros aspectos: atascos y problemas de basura, además de la escasez de agua y la mala calidad del aire, provocada por el Calima y las partículas en suspensión. El número de casos de cáncer de pulmón va en aumento, y los riesgos para la salud derivados del mal estado de las viviendas casi nunca se tienen en cuenta en el debate.
¿Quién se beneficia realmente de esta evolución y quién debe pagar estos precios? Pero, sobre todo, queda la pregunta de dónde van a poder alojarse las familias. ¿En un apartamento de una habitación o directamente en la calle? En cuanto la vivienda se convierte en objeto de especulación, la isla pierde su futuro.
Lo que se necesita ahora en Canarias no es otro plan turístico, sino un plan de vivienda que se base en la responsabilidad y la visión de futuro. Dinamismo en lugar de políticas simbólicas, protección de la población frente al desplazamiento, además de viviendas asequibles de auténtica calidad, así como normas claras contra la especulación, el falso lujo y la desocupación.
















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