Von Inge Pelka
Es increíble todo lo que ha cambiado en los últimos 50 años. Hace poco encontré una fotografía (arriba) de nuestro complejo residencial, que seguramente tomó mi padre en los años 70. El complejo apenas se distingue en esa pequeña hondonada.
Recuerdo que dos veces al día pasaba un minibús para llevar a la gente a la playa. Los Cristianos era un pueblo. En Playa de las Américas apenas había hoteles. Si uno quería ir a la playa, tenía que atravesar plantaciones de plátanos y estar siempre preparado para encontrarse con perros callejeros.
De hecho: „playas“… aún no existían como tales, por supuesto. Los huéspedes del complejo se dirigían a la denominada „playa de los jubilados“ (más o menos donde hoy se encuentra la Playa del Duque) y se metían en el agua bajando por una escalera. Las compras se realizaban en una tienda minúscula dentro del complejo. Si se quería salir a comer, había que desplazarse hasta Adeje para acudir a uno de los sencillos restaurantes españoles.
Cuando mi padre quería ampliar o reparar algo en su pequeño estudio, tenía que traer todos los materiales de Alemania. Si encontraba un clavo oxidado en algún sitio, se lo llevaba, como es lógico, ya que en los alrededores no se podía comprar ninguno.
Delante del complejo discurría una carretera estrecha y polvorienta por la que muy de vez en cuando pasaba algún coche. Hoy en día, por allí discurre la autopista y todas las tardes hay atascos. He intentado localizar el lugar desde el que se tomó la fotografía en su momento. No lo he conseguido, pero esta fotografía ofrece, no obstante, una idea de los cambios que se han producido:

Hoy en día, se camina entre hileras de casas hasta llegar a playas muy bien acondicionadas. Se puede comprar en cualquier sitio todo lo que uno desee. Las antiguas plantaciones de plátanos se están recuperando en parte.
Todos aquellos que llevan tiempo visitando el sur de la isla tendrán recuerdos y vivencias diferentes relacionados con él. A veces, quizá se recuerde con nostalgia lo salvaje y lo primigenio, los paisajes que aún no estaban urbanizados ni abarrotados de gente, las carreteras que apenas sabían lo que era un coche. Por mi parte, no echo de menos aquella época. Lo único de lo que realmente podría prescindir es del tráfico.
Hace unos años empecé a escribir una novela que he publicado por mi cuenta esta primavera. Para la trama necesitaba un lugar en el que una madre pudiera mantener a su hijo alejado del padre mediante una prohibición de entrada al país. Por supuesto, una isla era la opción ideal:

Foto: Editorial
Pensaba que había escrito una novela romántica, pero mis lectoras y lectores opinan que ha quedado más bien como una novela policíaca o una novela psicológica. Por supuesto, cada uno puede interpretarla como desee.
Sin embargo, la protagonista secreta es Tenerife. 290 de las 326 páginas transcurren en la isla. En el sur. A excepción de uno o dos lugares ficticios, conozco personalmente todos los lugares en los que se desarrolla la trama, y me ha encantado utilizarlos como telón de fondo. Por supuesto, esto solo lo puede comprender quien conozca la isla.
Quien desee sumergirse en este mundo, puede encargar „La zampollona“, publicada bajo un seudónimo, aquí.











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