Por mucho que se debata políticamente, afortunadamente resulta impensable que haya un monumento a Adolf Hitler en la capital de un estado federado alemán. En Santa Cruz, la capital de Tenerife, en cambio, ni siquiera medio siglo después de su muerte, nadie se atreve a retirar el monumento asociado al antiguo dictador y asesino en masa español Francisco Franco. La polémica entra en una nueva fase.
El alcalde de Santa Cruz, José Manuel Bermúdez, habla del „patrimonio cultural“. Su partido, la Coalición Canaria (CC), se fundó tras el fin de la dictadura de Franco. El recuerdo de la época anterior parece estar desvaneciéndose también en la CC.
Desde hace décadas, el detonante es el „Ángel de la Victoria“ de Juan de Ávalos, dedicado a Franco. El monumento se encuentra cerca del puerto de Santa Cruz, en la Avenida de Anaga. Mientras que en algunos paisajes urbanos españoles persiste el arte asociado al dictador, en las Islas Canarias se siguen encontrando nuevas formas de incluso justificar el monumento. El debate es una muestra de la falta de perspicacia.
¿Un monumento a un dictador: algo habitual en España?
La presidenta de Tenerife, Rosa Dávila, propuso hace apenas dos años, acompañada de su vicepresidente, cambiar el nombre de la instalación -del tamaño de una casa- por el de „Monumento a la Concordia“. Con ello, la política pretendía impedir que los activistas lograran que se derribara el monumento. Por el contrario, se pretendía así elevarlo a la lista de bienes de interés cultural (BIC) protegidos. De este modo, se habría sustraído la responsabilidad al Ayuntamiento y se habría transferido a la isla.
Incluso dos años después, el tema del monumento vuelve a salir a colación cada vez que en las Islas Canarias no hay que hacer frente a ningún problema acuciante, desde grandes incendios forestales hasta la migración. Se trata de algo más que un tema de temporada baja. Tenerife, las Islas Canarias y España en general deben afrontar la pregunta de por qué no son capaces de derribar todos los monumentos dedicados a uno de los mayores asesinos de la historia de España.
Al menos, entretanto se ha formado una mayoría, de modo que incluso Madrid ha intervenido y ha podido ordenar el desmantelamiento. Sin embargo, en el pasado siempre se ha contado con una mayoría en contra del derribo, ya fuera a nivel nacional, regional o municipal. En esta ocasión, es el Ayuntamiento el que, a través de su alcalde, remite el asunto al Consejo de Patrimonio. Bermúdez declaró a Atlántico Hoy: „En la reunión no solo se tratará de decidir sobre la inclusión del monumento en el catálogo. También se tratará de facilitar información para el catálogo“. En otras palabras: en esta ocasión, Santa Cruz busca una vía para salvar el monumento.
Las Islas Canarias prefieren honrar a un dictador antes que adoptar una postura clara
Resulta difícil de imaginar que una parte significativa de un pueblo padezca el síndrome de Estocolmo, en el que las víctimas se vinculan emocionalmente con su torturador. El debate es, más bien, sinónimo de la política del siglo XXI: ya no existen las posturas claras de antaño. Más bien, cada decisión concreta se sopesa frente al espíritu de la época y a la posible pérdida de votos.
Los descendientes del artista se han movilizado en torno a la conservación del monumento a Franco. Se han sumado a la causa políticos que no desean perder votos. Y están pasando a primer plano nuevos conservadores. Así se autodenominan a menudo aquellos que „no lo veían todo mal“ en una época que ellos mismos no vivieron y en la que se podía fusilar a personas en plena calle por sus opiniones personales. O -como ocurrió en Tenerife- deportados al Teide, asesinados allí y arrojados a antiguas cuevas de lava. Solo ellos deberían ser el centro de atención: las víctimas de aquella época y su memoria.
Las Islas Canarias harían bien en tomar por fin una decisión unánime contra el legado de Franco. Sin embargo, cuando el alcalde de la ciudad en la que se erige el monumento a un asesino en masa afirma, en cambio, que „por supuesto que es un monumento a Franco, pero mi compromiso con este asunto no es ideológico, sino por razones de patrimonio cultural“, es como si las pinturas de Hitler, fruto de su afición, se colgaran en el Reichstag por razones estéticas o como si se publicara „Mi lucha“ como una expresión de opinión irreprochable.
Quizás haya llegado realmente el momento de ampliar el debate: parece que existe una necesidad urgente de dialogar, por ejemplo, en torno a la enseñanza de la historia en España.
















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