¿Es realmente un derecho típicamente alemán poder encender cohetes, baterías de disparos múltiples y petardos junto a un zoológico? Si esa es la libertad cuya restricción, en caso de prohibición, se teme cada vez con mayor intensidad, es posible que nos vaya demasiado bien.
Es irrelevante si el incendio del zoológico de Krefeld fue provocado por fuegos artificiales o si, como han sugerido recientemente la policía y el zoológico, se debió al uso de linternas voladoras prohibidas. Y es que surge otra pregunta: ¿por qué se ven restos de fuegos artificiales quemados en las imágenes de televisión y en las fotografías tomadas en Krefeld, en los alrededores del zoológico?
¿Por qué me interesa esto? Porque año tras año recorría cientos de kilómetros en coche para evitarle precisamente eso a mi perro. Cuando Elli era joven, y aún no le afectaban los fuegos artificiales, una chica ebria le lanzó un petardo entre las patas. Desde entonces, cada estruendo o silbido la sumaba en un pánico mortal. Incluso el olor a pólvora quemada pronto comenzó a inquietarla notablemente. Y los dueños de perros con los que nos cruzábamos en nuestros paseos de Nochevieja nos contaban, uno tras otro, historias similares.
Un solo petardo basta para provocar un pánico mortal en los animales
En nuestro caso, bastaba con un solo petardo para que el animal entrara, de forma refleja, en un estado de pánico que duraba horas. Quizás estas experiencias me hayan marcado más a mí que a mi perro. Y es que yo soy capaz de cuestionar las cosas. Y tras varios años reflexionando sobre ello, hoy en día seguiría oponiéndome a una prohibición general de los fuegos artificiales. ¿Por qué? Las prohibiciones suelen conducir al resultado contrario. Desencadenan la rebeldía y allanan el camino al mercado negro. Estoy convencido de que toda prohibición, además de provocar a menudo discusiones desmesuradas en las redes sociales, conduce sobre todo a privar progresivamente al individuo de su capacidad intrínseca de decisión y a la masa de su correctivo natural.
Por lo tanto, mucho más importante que iniciar constantemente nuevos debates sobre prohibiciones es comprender el trasfondo de los mismos. Y, en este caso, es muy sencillo: muchos seres vivos -desde algunas personas, pasando por los monos y los perros, hasta los conejos de los recintos de los huertos urbanos- tienen miedo a los destellos repentinos de luz y a los estruendos de los petardos. Si, a pesar de todo, deseamos despedir el año viejo con gran estruendo y dar la bienvenida al nuevo como corresponde, sería estupendo tener en cuenta al menos dos cosas: que el cambio de año tiene lugar realmente solo en la noche de Fin de Año y no, como es ahora una práctica muy extendida, durante unas tres semanas en torno a Nochevieja. Y que existen determinadas zonas, incluidas áreas de exclusión acústica y pirotécnica, en las que los fuegos artificiales -desde cohetes hasta bengalas- están prohibidos por razones de humanidad: los bosques y los zoológicos se encuentran entre ellas.
Debate sobre los fuegos artificiales: los animales tienen un reflejo natural de huida
A pesar de todos los debates sobre la protección del medio ambiente y del esfuerzo personal que ello suponía, Elli y yo recorríamos cada año los aproximadamente 1.300 kilómetros de ida y vuelta hasta nuestra isla del Mar del Norte, libre de fuegos artificiales, para escapar de todo ello. Los animales en cautividad, y esto sin duda merece un debate aparte, no pueden, en cambio, seguir su reflejo natural de huida. Tampoco el corzo, cuyo bosque es bombardeado con fuegos artificiales desde todos los flancos durante días, como si fuera una caldera.
Nuestro autor lleva años reflexionando -impulsado por su perro- sobre los fuegos artificiales y sus repercusiones en la naturaleza. A raíz de los sucesos ocurridos en Krefeld, cerca de su ciudad natal, Düsseldorf, en la noche de Fin de Año de 2019/20, en los que más de 30 simios perecieron a causa de un incendio, decidió plasmar por escrito sus experiencias con los fuegos artificiales y su interacción con la fauna. Y es que no considera que el problema sean los fuegos artificiales en sí mismos, sino el lugar y el momento en que se utilizan. Aunque, a primera vista, los sucesos de Krefeld parezcan muy alejados de las Islas Canarias, merece la pena analizar el tema con mayor detenimiento.











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