El norte de Tenerife llevaba mucho tiempo poblado y se encontraba al límite de su capacidad. Entonces, a dos hombres se les ocurrió una idea: colonizaron el árido sur. Aunque al principio se les tomó a broma, acabaron creando una de las regiones más turísticas de Europa. Esta es su historia:
Hace 60 años, Rafael Puig Lluvina y su hijo Santiago contemplaron por primera vez, desde una perspectiva muy concreta, las zonas costeras entonces vírgenes situadas entre Adeje y Arona. Planearon crear una gran región turística en ese terreno árido, que goza de un clima templado durante todo el año. El nombre: Playa de Las Américas. Sin embargo, el camino hasta llegar a ello estuvo lleno de obstáculos.
Los terrenos pertenecían al terrateniente Antonio Domínguez. El constructor Luis Díaz de Losada ya había manifestado su interés y buscaba inversores. A finales de la década de 1960, la familia Puig comenzó a realizar, con fondos privados, las primeras obras básicas, como el suministro de agua, el alumbrado público, la telefonía y las vías de acceso.
Tenerife: el auge de Playa de Las Américas
La finalización de los primeros hoteles -el Gran Tinerfe abrió sus puertas en 1973 y el Park Hotel Troya lo hizo un año después- coincidió con el inicio del turismo internacional y con la crisis del petróleo. Además, la paralización de las obras del aeropuerto del Sur y la repentina muerte de Rafael Puig Lluvina en 1974 (a la edad de tan solo 59 años) provocaron incertidumbre.
Santiago Puig se encontraba ante un punto de inflexión decisivo. Finalmente, decidió invertir todos sus recursos en la construcción de una playa, con el fin de salvar los dos primeros hoteles y enviar una señal a los futuros inversores. Y esta decisión resultó acertada:
Se encargó a los ingenieros civiles Juan Alfredo Amigó y José Luis Olcina la planificación de la primera gran zona de baño. Asumieron la tarea a propuesta de Díaz de Losada. Ambos ingenieros eran conscientes de la importancia de su proyecto para el futuro de la región y afrontaron el reto con gran sentido de la responsabilidad.
Tras analizar las condiciones costeras, decidieron construir rompeolas. Gracias a su disposición especial, se pretendía que la corriente favoreciera la acumulación de arena en la costa, sin necesidad de traer arena de otras regiones, como era habitual en aquella época, por ejemplo, en Las Teresitas u otras playas del sur de Tenerife.
El inicio del turismo en el sur de Tenerife: los rompeolas como elemento clave
Esta innovadora solución se sometió a pruebas en el laboratorio europeo más avanzado de la época, situado en Grenoble. Allí, Amigó y Olcina simularon numerosas variantes de oleaje, taludes y pesos para encontrar el modelo óptimo para la costa sur de Tenerife. Los experimentos confirmaron que su concepto cumplía con los requisitos.
Aunque el laboratorio francés permitió determinar la ubicación ideal de los diques, los ingenieros no tuvieron la certeza hasta que concluyeron todas las pruebas y los trabajos de construcción. Los rompeolas se construyeron con piedras procedentes de una cantera situada al sur de Tenerife. La corriente transportó la arena hasta la playa tal y como se había previsto.
Así surgieron las playas de Troya I, Troya II y El Bobo. Tras casi dos años de obras, en unas condiciones económicas y políticas difíciles, estas tres zonas de baño quedaron terminadas. Hoy en día, estas tres playas se consideran fundamentales para el auge definitivo del sur de Tenerife como destino turístico internacional que es en la actualidad.











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